jueves, julio 24, 2014

Día número cuatro



El ascensor me servía para contar los pisos sin el sonido repetitivo de mis jadeos.
Solo podía verlos claramente a la distancia, marcados y definidos. Como si estuvieran envueltos y etiquetados.
No quería pensar demasiado en mis vecinos y en todas las vidas que contenían los cuatro apartamentos por planta. Evitaba las atrocidades que se habían perpetuado a lo largo de todas las vidas de esas personas, juntas y revueltas, como cerdos.
Me moría de ganas de mudarme al lado más oscuro de todo el edificio, donde nadie pudiese irrumpir con sus impertinencias.
Cogía cigarrillos y los consumía pensando que así se quemarían mis problemas, pero lo único que se quemaba eran mis pulmones.
Hallé un rincón en el que murió la parte de mi cuerpo que ya no podía pertenecer más a mi cuerpo.
Lo enterré y no cayó una lágrima. Ni siquiera se asomó.
Ya nadie lamentaría la pérdida de la piel muerta. Que más que una despedida, es un alivio saber que por más que lo intente, nunca podré ser la misma que era cuando era un poco más pequeña.

Ya no estoy lo suficientemente triste como para seguir escribiendo.

El diario más corto del planeta seguramente es el mío.

martes, julio 22, 2014

Día número dos



Recuerdo que era un poco más pequeña de lo que soy ahora.
También recuerdo que me sostenía un halo de luz que descendía desde las capotas de las ciudades.
Consideraba que llorar era posiblemente la forma de vomitar más sincera y más limpia.
Casi todo ha cambiado, pero no el llorar.
Confundía las obsesiones con fantasías y ni me atrevía a acercarme a los fogones.
La mayoría de días me vestía pensando en un cuerpo desnudo ausente y más desnudo de lo que podía estar. Exactamente, deshuesado. Completamente retratado por el abandono.
Me gustaba olvidar el olor de la esencia barata. Y de la música comercial.
Me aferro a muchas otras cosas. Partes de las que no tenía ni idea. Tan fácil como podía llegar a ser odiar muy fuerte y muy en serio.
Alejándome de todos esos matices.
Agradezco necesitar sentir cosas que a la gente no le gusta sentir.
Así como me sigo alejando, me acerco a las palabras de la gente.
Las voy robando y coleccionando.
Para que un día, cuando muera, me vistan con ese manto y mis esfuerzos se hayan visto recompensados.

viernes, julio 04, 2014

Dos olvidos y un recuerdo




Zoológico inquieto


No sé lo que escribo, ni por qué lo escribo
Me escondo en una forma e intento esquivar el silbido
Lo que se me escapa y lo que nunca he tenido

Ni tendré
Más allá de lo que tuvimos
Solo queda el café

Con mis manos vacías y mi corazón ardiente
Me supera y me aplasta
Tu poción embrujada

Te busqué con mi llanto
Te llamé con mis cantos
Mejillas bañadas en aguas saladas

Marinadas y sazonadas
Fritas y cocidas
Asfixiadas por tus palabras

Ventanas largas
Dejé entrar el viento
Tu aura líquida

Yace sobre mi palma un animal enfermo
Me ensucia las entrañas
Atornilla todos mis miedos

No queda más café
Y sí
He mirado en las esquinas

Cuando reíamos
Y creíamos
Que amar era más importante que quemar

Pero labios y metralletas
Pero piernas desgarradas
Pero ausencia lánguida e infinita

Cigarrillos desesperados y apilonados
Desgastados, renegados
Tal vez escribo porque sino me deprimo




Descendencia


Tantos gases en mi cuerpo
En mis venas
Tantas burbujas llenas de aire
Vacías de oxígeno
Regadas por mi sangre

El teléfono está sonando como un trueno
Los párpados vacilan
Inquietos
Bailan para despertarme del sueño
De la pesadilla

El estruendo que se produce
Cuando mis pies tocan el suelo
Y no la Tierra
Mientras la música siga sonando
No pensaré en tus manos

Besos flacos
Y delgados
Estirados de una punta a otra
Desde el meñique
Hasta el lado más oscuro de la luna

Han encontrado carmín
En tus pupilas
Sedientas de color
Robando cualquier esquina de calor
Descubriendo el mar en las orillas

Entre tus piernas perdí el conocimiento
Por detenerme
Donde nunca pasó el viento
Por querer abrazar un retazo de un olvido
Por marcar con ruido tus sonidos

Por todo eso
Y por mucho más
Enfurecida
Me adentro sin pensar
En el bosque de átomos calientes

Quemándome las palmas
Ardiendo con gracia
Me incorporo
E imploro
Caricias de cianuro
Mirada al frente y ombligo tenso
Manos ligeras y labios fruncidos
Como hablo de tus uñas
Y de mi piel
Mi piel en tus dientes

Son mis ojos
Mis ojos en tu agotamiento
Olvidando el motivo de nuestra promesa
Una larga herencia de bípedos
Como nuestra única descendencia

Ahora el viento, herido
Se cuela por las rendijas
Los pájaros cantan a aullidos
Los monstruos que nunca encontramos
Pero siempre anhelamos

Duermen en mi regazo
Hoy, más que nunca
Beso la fractura
Y deseo poseerla
Como el recuerdo de nuestro olvido






Volcán


Sobre el terreno más suave
Con la guerra en los ojos
Miel en los labios
Cazas mis piernas y mis brazos

Vientos y suspiros 
Gritan desde las montañas
Ojos en blanco
Desaparecen entre la niebla

Pero los rincones secretos
De la Tierra sagrada
Se levantan y elevan
Todas las partículas del alma

Con las cabezas cruzadas
Y los esqueletos en llamas
Sostienes el tridente
Arrastras mi piel palpitante

Tras trescientos rayos y medio
Los truenos retumban
Donde por sobrevivir 
No sobrevive ni el rey

Nos comemos los restos
Y las migajas
Engullimos como bestias
Hasta no dejar nada

Salvo la llama
Y las cenizas de nuestras almas
Olvidadas y condenadas a vivir
Eternamente cautivas

Lejos de cualquier lugar
Al que se le pueda llamar lugar
Y yo me pregunto
¿A dónde va a parar todo ese polvo?


viernes, junio 06, 2014

Ürgen, el perro sífilis



Era tan viejo y tan pobre. Tenía tantas enfermedades que ya había perdido la cuenta. Pobre animal. Enclenque y retrasado. Llevaba las patas dobladas porque creía que así sanaría. Ahí era donde más se apreciaba su patología. ¿Cómo coño se va a curar un perro de un retraso doblando las patas? Su fe era inapelable. Grande como el océano. Pero no infinita, como el océano. Como todos los perros viejos y desalmados, alejados de las vidas de opulencia y lujuria, nuestro amigo tenía muchas manías. Manías de un vagabundo. No tocaba la flauta porque no podía, pero sino, os aseguro que la tocaría mejor que el más grande de los flautistas. Porque la flauta y todos los instrumentos viven de la fe. Al menos eso pensaba Ürgen, que es como se llama el ser triste de cuerpo, pero vivaracho de alma. Sus manías no contemplaban rituales o tradiciones. Se reducían a una palabra: whisky. Era tan viejo y tan pobre, pero eso no importaba, porque, ante todo, era un alcohólico más que transitaba las calles de Los Ángeles. Bebía todo lo que podía. Todo lo que su cuerpo canino le permitiese. No era mucho, si os soy sincera. Los perros no pueden soportar mucho alcohol, higadito y riñoncitos. Riñoncitos e higadito diminutos. Como castañas. No había día en que Ürgen no maldijera su naturaleza. “Me cago en mi madre y en su madre, que no la llamo abuela porque es muy cariñoso” decía. Cuando se descontrolaba demasiado la situación caía en la broma fácil de llamarlas perras baratas. Se reía solo. No tenía muchos amigos. Tenía catorce años y sabía que su muerte estaba a la vuelta de la esquina. Por eso se pasaba el día y la noche dando vueltas a las manzanas, acechando a su muerte. Pobrecito, era muy retrasadito ese perrito. Anhelaba todo lo que no podía tener. Putas. Las putas le volvían loco. Soñaba con las putas embadurnadas de billetes y cocaína. Esas imágenes eran su llama. Mantenía contacto visual constante con la gente, intentando robar almas. Le daba igual todo lo demás. Tenía una obsesión con las almas de los seres humanos. Dormía sentado, para gastar más energía y acercarse más al último de sus días. Quizás no fuese tan retrasado, después de todo.

martes, marzo 04, 2014

Fractura



Me pidió perdón tras cerrar la puerta. No solo por el hecho de cerrarla, sino por no volver a abrirla después.
Me envió un mensaje de texto. Quiso darle más alma a las palabras, alejándolas del whatsapp.
Lo que más le gustaba hacer era cantar. Y cantaba todo lo que se le olvidaba hablar.
Yo sabía muy bien que las letras no se le escapaban de las manos. Le chorreaban por toda la cara.
Sus ojos eran un guiso exquisito de lugares desconocidos. Rincones de los que nunca te podrías enorgullecer.
El portátil era la parte más fría de toda la habitación.
Quiero seguir pensando que el sonido de la puerta era la fractura de todo lo que nunca quisimos, ni buscamos; pero encontramos.

Me pidió perdón tras cerrar la puerta. El silencio no penaliza mis huidas. Y todas las miradas oblicuas y desviadas.
Me regaló un libro titulado "Cómo invocar al demonio".
Se subió por las paredes.
Cantó la última canción y no quedó nada completamente vivo en todo el planeta.

Ahora el viento, herido, se cuela por las rendijas. Los pájaros cantan a aullidos. Los monstruos que nunca encontramos, pero siempre anhelamos, duermen en mi regazo.
Hoy, más que nunca, beso la fractura y deseo poseerla como el recuerdo de nuestro olvido.