martes, octubre 28, 2014

Sexo pródigo





Es posible que nunca salga de mi cueva
O de mi propia espalda
Esta fracción de tinieblas
Es probable que nunca abandone mi piel
Ni mis sesos o huesos
Con poco más de lo que tengo
Aprenderé a respirar otra vez

Que se derrumbe el beso
Y que, por favor, caiga la noche
Una vez más, deseo el invierno
Las manos quebradizas comen
Labios vestidos de grietas rojas oyen

Los dos sabemos que es la sangre
Y solo la sangre puede ser

Que se evapore el aliento
Y que, por favor, vaya yo al infierno
Una vez más, caigo del cielo
Para poder crecer hay que admirar el cuerpo
Ni siquiera el motivo sabe qué hacer

Quise, tal vez, auto convencerme de que
Cuando se está bien, da igual el fuego
Que devora tus pies
O el llanto que cesa los golpes
La llama no nos engulle
Si lo único que la aviva es el trote



miércoles, octubre 01, 2014

Sobre el asesinato de mi gato (breve desarrollo)



Era gordito, así que no se nos ocurrió un nombre que pegara más con su esencia.
Empezamos a llamarlo Gordito.
Muy pronto se acostumbró y parecía que hasta le complaciera dicho nombre. Pero a medida que fueron pasando los meses, el gato fue adelgazando hasta quedarse raquítico.
A la gente dejó de hacerle tanta gracia lo de "Gordito". Nos obligaron a visitarnos con un psicólogo y éste dictaminó: "su gato padece una anorexia nerviosa con tendencia purgativa". Eso quería decir que era anoréxico el 80% del tiempo y el otro 20% restante se metía atracones bestiales y vomitaba a escondidas.
A pesar de todo, queríamos aferrarnos a la idea de que no había sido nuestra culpa.
"Tim, tendríamos que haberlo llamado Tim" lamentaba todos los días Sergio.
"Tim no es nombre de anoréxico".
Este pequeño drama en un piso de 57 m2 fue creciendo, hasta desbordar las discusiones.
A medida que iban pasando los días y las horas, mi preocupación por el minino se agudizaba.

Empecé a desear su muerte.
Así fue como surgió la necesidad de plantearme asesinarlo.
Internet es un sitio increíble para cualquier asesino.

Gracias.

lunes, septiembre 15, 2014

jueves, julio 24, 2014

Día número cuatro



El ascensor me servía para contar los pisos sin el sonido repetitivo de mis jadeos.
Solo podía verlos claramente a la distancia, marcados y definidos. Como si estuvieran envueltos y etiquetados.
No quería pensar demasiado en mis vecinos y en todas las vidas que contenían los cuatro apartamentos por planta. Evitaba las atrocidades que se habían perpetuado a lo largo de todas las vidas de esas personas, juntas y revueltas, como cerdos.
Me moría de ganas de mudarme al lado más oscuro de todo el edificio, donde nadie pudiese irrumpir con sus impertinencias.
Cogía cigarrillos y los consumía pensando que así se quemarían mis problemas, pero lo único que se quemaba eran mis pulmones.
Hallé un rincón en el que murió la parte de mi cuerpo que ya no podía pertenecer más a mi cuerpo.
Lo enterré y no cayó una lágrima. Ni siquiera se asomó.
Ya nadie lamentaría la pérdida de la piel muerta. Que más que una despedida, es un alivio saber que por más que lo intente, nunca podré ser la misma que era cuando era un poco más pequeña.

Ya no estoy lo suficientemente triste como para seguir escribiendo.

El diario más corto del planeta seguramente es el mío.

martes, julio 22, 2014

Día número dos



Recuerdo que era un poco más pequeña de lo que soy ahora.
También recuerdo que me sostenía un halo de luz que descendía desde las capotas de las ciudades.
Consideraba que llorar era posiblemente la forma de vomitar más sincera y más limpia.
Casi todo ha cambiado, pero no el llorar.
Confundía las obsesiones con fantasías y ni me atrevía a acercarme a los fogones.
La mayoría de días me vestía pensando en un cuerpo desnudo ausente y más desnudo de lo que podía estar. Exactamente, deshuesado. Completamente retratado por el abandono.
Me gustaba olvidar el olor de la esencia barata. Y de la música comercial.
Me aferro a muchas otras cosas. Partes de las que no tenía ni idea. Tan fácil como podía llegar a ser odiar muy fuerte y muy en serio.
Alejándome de todos esos matices.
Agradezco necesitar sentir cosas que a la gente no le gusta sentir.
Así como me sigo alejando, me acerco a las palabras de la gente.
Las voy robando y coleccionando.
Para que un día, cuando muera, me vistan con ese manto y mis esfuerzos se hayan visto recompensados.